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El humor, el cargo y la mirada que nos falta


Una publicación en redes de un funcionario rionegrino invita a una pregunta sencilla pero necesaria: ¿pensamos en los demás también cuando nos reímos?


Nahuel Astutti, recientemente promovido a una nueva secretaría en la gestión pública provincial, compartió esta semana en su cuenta de Instagram un reel de humor. El video muestra a alguien que recuerda la promesa de su jefe de "hacer todo al alcance de sus manos" para ayudarlo a ascender, y el remate visual es ese mismo jefe con los brazos levantados(con faltante de sus extremos, sus manos ) , las manos al aire, como gesto cómico de cumplimiento literal.

En otro contexto, el chiste pasa desapercibido. Pero Nahuel es también quien organiza los Juegos Rionegrinos Adaptados, un espacio deportivo para personas con discapacidad. Y eso cambia, aunque sea levemente, el lente con que uno lee la publicación.





No es un juicio, es una pregunta

No hay aquí intención de atribuir malicia donde probablemente solo hubo un momento desprevenido. El reel le causó gracia, lo compartió. Así funciona el scroll cotidiano para todos.

Pero sí vale la pena detenerse un segundo en algo: cuando se ocupa un cargo público, especialmente uno vinculado a comunidades vulnerables, las redes sociales dejan de ser un espacio completamente privado. No porque haya una norma que lo prohíba, sino porque la gente que nos sigue nos lee también desde ese lugar.

Hay personas que conviven a diario con limitaciones en la movilidad de sus brazos. Para ellas, y para quienes las acompañan, esa imagen corporal que es el remate del chiste no es una metáfora: es parte de su vida. No se trata de que nadie pueda reírse de nada, sino de preguntarse, antes de publicar, si el chiste podría golpear donde no lo pretendíamos.


La empatía también es un hábito cotidiano

Organizar los Juegos Adaptados es un trabajo valioso. Implica dedicación y una apuesta real por la inclusión. Pero la inclusión, para ser genuina, necesita ir un poco más allá del evento: necesita colarse también en los gestos pequeños, en los momentos donde nadie nos está evaluando.

No se le pide a un funcionario que sea perfecto ni que viva en guardia permanente. Se le pide, simplemente, que el contacto con la realidad de las personas que atiende deje huella. Que esa experiencia afine, con el tiempo, la mirada.

Quizás esta publicación sea, más que un error, una oportunidad. Una pequeña señal de que todavía hay camino por recorrer entre gestionar la discapacidad y verdaderamente habitarla como perspectiva. Y ese camino, con voluntad, se puede andar.

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